Somos criaturas de hábitos.

Desde pequeños aprendemos que debemos habituarnos a situaciones, primero como simples respuestas intuitivas hacia nuestro entorno y luego como una manera de sobrevivir el resto de nuestra vida. Los bebés aprender a habituarse a las hora de dormir y comer, la respuesta de mamá y papá a sus llantos son la primera manera de manejar sus deseos y urgencias.

Con el tiempo nuestros hábitos se hacen más finos, comienzan a formar parte de rutinas, como lavarse los dientes, arreglar la cama, etc. Muchos hábitos se refuerzan por reacciones positivas de los demás, así premiamos los hábitos positivos y rechazamos o condenamos los hábitos negativos. Los jóvenes desarrollan hábitos de estudio, hábitos para socializar, hábitos de higiene y hábitos de diversión.

Los hábitos cuando llegan a ser colectivos se convierten en costumbres, las familias desarrollan ciertos hábitos, como comer juntos los domingos en casa de la abuelita, pasar los fines de semana en algún lugar, ir a la iglesia, etc.

El punto es que esos hábitos son productos del aprendizaje, se pueden cambiar y modificar, vamos cambiando de hábitos dependiendo de las situaciones y cuando no somos capaces de reaccionar pronto a las nuevas demandas de la situación o no desarrollamos nuevos hábitos enfrentamos etapas de crisis de adaptación. Por ejemplo un amigo que quedó viudo siendo muy joven y quedó a cargo de tres pequeñas niñas, tuvo que desarrollar nuevos hábitos pronto para llevar la vida sin esposa, el primer año fue muy difícil, primero por el tiempo de duelo y luego por la adaptación a las nuevas rutinas, finalmente logró aprendió nuevos hábitos mentales y con ello su forma de encarar las situaciones cambió, hoy se nota menos deprimido y más positivo, se ha habituado a la nueva situación y con ello su vida cambió.

No todos tenemos maneras tan dramáticas de cambiar de hábitos, quizás algunas son consecuencias naturales de la vida, encontrar pareja, casarse, conseguir un empleo, cambiar de residencia, llegar al tiempo de la jubilación, o el crecimiento de los hijos. Con cada cambio nuestra capacidad de habituarnos hará la diferencia entre disfrutar el momento o deprimirse.

No todos los cambios de hábito llegan por circunstancias externas a la personas; existen también los hábitos que son elecciones personales y que no traen consecuencias positivas, por ejemplos el hábito de fumar o beber, en un principio puede parecer algo controlable pero termina controlando la vida de la persona. ¿cuántas veces has oído a la gente decir: yo soy un bebedor social, o puedo dejar de fumar cuando quiera? La realidad es que esos hábitos se terminan convirtiendo en adicciones con consecuencias que ya conocemos, enfermedades, delitos e incluso muerte trágica o prematura.

¿Qué tiene que ver Dios con nuestros hábitos? 

Dios, quien es el creador de la naturaleza humana conoce nuestra tendencia a habituarnos fácilmente. Desde un principio estableció límites, sabía que de no hacerlo así el hombre fácilmente caería en el desorden. En el jardín de Edén les dijo, “de este árbol no comeréis” ( Gen. 3.3) Cuando Dios dio las leyes a Israel incluyó muchas normas relacionadas con la comida, el vestido, la higiene, la sexualidad, el dinero, la política, la justicia, etc.  esas normas no eran caprichos divinos sino guías para desarrollar hábitos positivos, que garantizaban una vida plena y gratificante.

La historia nos dice que el pueblo de Dios lejos de hacer lo que él pidió, desobedeció y su final fue la ruina, la opresión, la esclavitud, la pérdida y la muerte.

¿Cómo le llama Dios a los actos que van en contra de su voluntad? Pecado.

Dios dijo: “No mentirás” … Pero, Dios es muy bueno y no me condenará por decir una pequeña mentira, ¿verdad? Mentira, Dios condena tanto la mentira pequeña como la grande ¿Cuánta gente comienza diciendo una pequeña mentira y se convierte en un gran mentiroso? Pues lo mismo podemos decir de los otros pecados que Dios condena tales como  el adulterio, la fornicación, el robo, el asesinato, la deshonra a los padres, etc. Todos estos actos se pueden convertir en hábitos que comienzan como pequeños deslices, algunos adúlteros comenzaron con lo que le llaman “una canita al aire” , los ladrones habituales no comenzaron robando un banco. El traficante de drogas no inició transportando toneladas de Colombia a EEUU, el pornógrafo no inició haciendo películas pornográficas sino consumiéndolas.

Dios sabe que aún los pecados que llamamos “pequeños” pueden llevarnos a una gran ruina.

En el AT Dios le dijo a su pueblo “cuando el SEÑOR tu Dios te traiga a la tierra que juró a tus padres… entonces ten cuidado, no sea que te olvides del SEÑOR…  Temerás sólo al SEÑOR tu Dios; y a El adorarás, y jurarás por su nombre. No seguiréis a otros dioses, a ninguno de los dioses de los pueblos que os rodean” ( Deut. 6: 10-13)

Pero Israel no hizo lo que Dios dijo, fue más fácil seguir las costumbres de los pueblos vecinos, así como es muy fácil seguir la corriente, aprender los hábitos de los amigos, ir con la cultura corporativa.

El pecado comienza pequeño pero crece y contamina totalmente a la persona. Frank Peretti en su libro “El juramento” habla de un pueblo que tenía un secreto que habían jurado mantener. Cuando un hombre llega al pueblo a investigar la muerte de su hermano pronto descubre que el secreto del pueblo era un pecado que había contaminado desde los líderes, la policía, los comerciantes y hasta al pastor y termina contaminándose sin darse cuenta porque no consideró que fuera tan malo después de todo. El pecado en cuestión se manifestaba en manchas en el cuerpo de las personas, pero las personas pronto se acostumbran a tener las manchas y a ver las manchas en otras personas que ya no le prestaban atención.

El pecado en nuestra vida puede comenzar como una pequeña mancha y poco a poco irá cubriendo otras partes de nuestra vida. Lo que para el rey David fue una “canita al aire” se convirtió en adulterio y asesinato.

En la historia de Juan 8: 1-11 una mujer es llevada delante de Jesús porque había sido atrapada en “el acto de adulterio” de acuerdo con la ley de Moisés debería morir a pedradas. ¿por qué los que la acusaban no la apedrearon inmediatamente? Para fortuna de la mujer en lugar de apedrearla la llevaron a Jesús para ver qué decía al respecto. Una buena prueba para el hombre que había estado predicando acerca del amor a los enemigos, de dar la otra mejilla, de dar al César lo que es de César y que había sanado enfermos y que no reposaba en sábado. ¿Qué haría Jesús? Seguramente se preguntaron, veamos si cumple la ley o la desobedece.

La historia es muy clara, Jesús confronta a la gente con sus propios pecados, en lugar de concentrarse en el pecado de la mujer, Jesús les hizo verse a sí mismos, ¿Porqué condenar lo que ellos mismos estaban practicando? La gente está habituada a ver los errores de los demás pero no a fijarse en los propios, es más fácil ver los pecados del vecino que en reconocer el pecado propio.

La respuesta de Jesús fue sencilla, “ El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Pero al oír ellos esto, se fueron retirando uno a uno comenzando por los de mayor edad, y dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio” ( Juan 8: 7-9)

Para un cambio real en la vida tenemos que:

1. Analizar nuestros propios hábitos. ¿Estamos pecando aún de manera secreta? ¿Pensamos que nuestro pecado es chiquito e inofensivo? ¿Creemos que nadie se dará cuenta de nuestros actos?  Jesús nos hace la misma pregunta hoy. ¿Hay alguno sin pecado en esta sala? ¿Has condenado a alguien por pecados que tu mismo cometes? ¿Has condenado la mentira y tu mientes? ¿has condenado el hurto y tu has robado, aunque digas que es algo pequeñito e insignificante? ¿has condenado la codicia y tu has codiciado?  Antes de arrojar la primera piedra, analiza tu vida.

2. Escuchar a Jesús. La mujer postrada a los pies de Jesús no tenía más opciones. Detrás de ella los acusadores, delante de ella el juez. Su pecado había sido descubierto “in-fraganti” su vida expuesta públicamente, la vergüenza era evidente, la condena inminente.  ¿Qué queda por hacer? Jesús le habla y ella responde: “ Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor.”  (Juan 8: 10-11) ¿Te gustaría estar ante Jesús para ser juzgado? Yo estaría aterrado. La Biblia dice que Jesús vendrá un día como juez y todos nos presentaremos delante de él para ser juzgados. Entonces no importará lo que digan los demás o si fuimos sorprendidos “in-fraganti” o logramos salirnos con la nuestras escondiendo el pecado por años. Jesús nos juzgará y ya no hará la pregunta. ¿Dónde están los que te condenan? Es hora de escuchar a Jesús y su invitación a levantarnos y arrepentirnos de nuestros pecados.

3. Cambiar radicalmente. Las breves palabras de Jesús lo dicen todo: “ Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más.” ( Juan 8:11) Un momento, ¿no la vas a condenar? ¿No se merece morir? ¿No había pecado contra Dios? ¿No era evidentemente culpable? Es injusto! ¿porqué es injusto? Dios es quien decide de quien tiene misericordia y de quien no tiene misericordia.  “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El” (Juan 3:17)

En este caso Jesús optó por perdonar a la mujer pero le dio una orden, repítela. “Vete ahora no peques más” dilo otra ves y diez veces más… entiendes los que Jesús está diciendo?

No fue la única ocasión en que Jesús usó la misma frase. Se lo dijo a aquel hombre que había estado paralítico por 38 años y fue sanado por Jesús. Entre el paralítico y la adúltera hay similitud. El atrapado en un cuerpo inmóvil, ella atrapado en su pecado. Jesús cumple su propósito al liberarlos de sus cadenas, los hace libres no para volver a su vida anterior sino para vivir sin pecado.

Los hábitos se construyen poco a poco pero hay que librarse de ellos de tajo, es lo mismo con el pecado. El apóstol Pablo le dice a la iglesia. “el que robe, ya no robe más” ( Efesios 4:28) y así mismo le dice en la carta a los corintios: “Por el contrario, vosotros mismos cometéis injusticias y defraudáis, y esto a los hermanos. 9 ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. 11 Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.” I Cor. 6: 8-11 Observa que Pablo habla de la vida pasada y de la vida nueva.

Conclusión

Jesús no vino a condenar, sino a salvar, perdonar y liberar. Hizo su obra completa en la cruz. Nuestra parte consiste en seguir sus palabras, si hemos creído y aceptado su perdón, entonces cambiemos esos hábitos, si hay un pecado en nuestras vida, es hora de cortarlas de tajo y empezar una vida limpia, santificada y justificada delante de Dios.

Hoy Jesús sigue siendo tu salvador, pero un día será tu juez, escoge como te presentarás delante de el.

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